Por Myriam Gómez
Embajadora de la Climate Governance Initiative; y presidenta de los comités de Riesgo; Control y Compliance; y Sostenibilidad de Reale Chile Seguros Generales
Mientras camino por las calles de Washington D.C., es imposible no sentir el pulso de una transformación global que se gesta en tiempo real. En este epicentro, donde se entrelazan la regulación financiera, los debates sobre la ética de la Inteligencia Artificial y las nuevas arquitecturas de seguridad, se hace evidente una verdad ineludible: la mesa del directorio ya no tiene fronteras. La época en la que la gobernanza corporativa era un ejercicio intramuros, enfocado casi exclusivamente en el cumplimiento normativo local, ha quedado definitivamente atrás.
Hoy vivimos un cambio de paradigma fundamental: la geopolítica define la economía, y no al revés. Ya no basta con analizar estados financieros; el acceso al capital, la seguridad energética y la estabilidad operativa dependen de un mapa mundial que se redibuja bajo lógicas de poder y soberanía. En este escenario, la fragmentación del comercio global, las tensiones en las cadenas de suministro y la redefinición de alianzas estratégicas no son temas “políticos”, sino variables financieras críticas que determinan la viabilidad del negocio. Ya no es suficiente con gestionar la empresa; es imperativo saber navegar el mundo.
Para América Latina, esta transición es particularmente relevante. Nuestra región combina alta exposición a commodities y dependencia de financiamiento externo con una vulnerabilidad climática estructural. Sin embargo, posee activos estratégicos, energía renovable, minerales críticos y biodiversidad, que la sitúan en el centro de la nueva competencia global. Esa dualidad implica que los directorios latinoamericanos deben desarrollar una lectura geopolítica sofisticada: la región no es un espectador de la reconfiguración global, es parte del tablero.
Esta “policrisis” demanda una nueva narrativa de liderazgo. La sostenibilidad ha pasado de ser un estándar de reporte a convertirse en el lenguaje del poder económico. La gobernanza climática se consolida como un deber fiduciario frente a mercados de capital que integran crecientemente criterios de riesgo climático y transición energética. No se trata solo de ética, sino de resiliencia estratégica: la capacidad de adaptación de una compañía determina su costo de capital y su permanencia en el mercado.
A este tablero se suma la Inteligencia Artificial, que ha dejado de ser únicamente una herramienta de eficiencia para convertirse en un eje de seguridad nacional y corporativa. Ante este desafío, la respuesta no debe ser la cautela paralizante, sino la seguridad proactiva. Como ha señalado el CEO de Anthropic, Dario Amodei, el rápido avance de modelos poderosos exige que los directorios supervisen no solo la implementación técnica, sino también los protocolos de seguridad de sus ecosistemas. El directorio debe ser el guardián de una adopción audaz que potencie lo humano sin comprometer la integridad.
Liderar hoy exige una agudeza estratégica capaz de integrar estas fuerzas en una visión de largo plazo. El rol del director ha evolucionado hacia el de un estratega geopolítico y tecnológico, cuya responsabilidad fiduciaria es anticipar rupturas antes de que se conviertan en crisis. Chile y América Latina tienen la oportunidad de liderar en estos estándares, pero ello requiere directorios con la capacidad de diseñar la resiliencia del futuro. Hoy, nuestro deber fiduciario no es solo proteger el patrimonio presente, sino asegurar la capacidad de adaptación futura, transformando la volatilidad global en el motor de una ventaja competitiva sostenible para nuestras empresas y para el país.